Relaciones de pareja y paterno filiales, donde el abogado no puede llegar

A lo largo de mi carrera profesional he tenido muchos clientes muy diferentes. Sin embargo, podría clasificarlo en dos grandes grupos: los que tienen una separación/divorcio complicado y los que no. Los segundos hacen que todo fluya mejor y que los tiempos y el dinero invertido sea poco y efectivo.

Pero la realidad es bien distinta. Generalmente, son más los casos del primer grupo en los que la ruptura entre una pareja conlleva una guerra continuada y desgastante que casi nunca, por no decir nunca, entrega vencedores; tan sólo víctimas: los propios cónyuges y, lo que es peor, los hijos.

Las disputas entre las partes y de éstas con los hijos suelen estar plagadas de malentendidos, reproches, agresividad, mentiras, manipulación, intereses… Unas veces por culpa de uno; otras, por el otro. Muchos insisten en que es responsabilidad de los dos pero mi experiencia me ha permitido ver de todo. Hay veces que la maldad no conoce límites, por desgracia.

Pero en todos los casos, en todos, se sufre, y se sufre mucho. Cuando un abogado está cerca de su cliente la relación se estrecha mucho porque el abogado llega a conocer aspectos de la vida privada de su cliente muy íntimos. Cuanto más cercano, humano y atento es un abogado, más cerca está de esta persona que está atravesando momentos muy complicados y en los que realmente se encuentra perdida. La capacidad de empatía del abogado es fundamental.

Sin embargo, en algunas ocasiones me siento obligada a aconsejar a ciertos clientes que se dejen ayudar por psicólogos, psiquiatras o mediadores familiares que les permitan asumir la situación que están atravesando porque en ese territorio ni podemos, ni debemos entrar. Un abogado puede escuchar, asesorar legalmente e, incluso, calmar si es preciso, pero nuestra capacidad interventora tiene unos límites y estos son aquellos en los que la legislación ya ha hecho todo lo que puede hacer y tan sólo queda una gestión profesional de las emociones, los traumas, las depresiones… Hay momentos en los que debo decir: ahí no puedo entrar porque de hacerlo no estaría interviniendo la abogada sino la persona y requeriría de una implicación tanto personal como emocional que ni ayudaría al cliente ni me podría permitir profesionalmente.

Así que, para ser un buen abogado de familia hay que saber separar muy claramente donde están los límites de lo meramente legal y dónde entran en juego mis opiniones, preferencias o recomendaciones personales. Un cliente es un cliente por muy buena relación que pueda tener con él. Algunos de ellos terminan convirtiéndose en amigos, tengo algunos casos, pero después de mucho tiempo y de que mi asesoría haya dejado paso a una relación de amistad más equilibrada.

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